Días atrás una caricatura de Alen Lauzán, aparecida en DDC, provocó un conato de polémica, debido a sus supuestas connotaciones racistas. El diario reaccionó invitando a los intelectuales que habían tachado de racista el dibujo a que expusieran sus motivos. Sólo Odette Casamayor Cisneros aceptó el pedido. Sin embargo, en su respuesta se remitía más bien a la evidencia –es tan obvio que no hay nada que aclarar– y le exigía a su vez a DDC que explicara “las razones de la recurrencia a esta grotesca representación del negro”. La dirección del diario, a través de Antonio José Ponte, se mostró crítica con tal postura, entre otras cosas, por negarse a entrar en materia para “combatir un mal que veía allí donde otros no alcanzaban a verlo”. Hasta aquí lo que podría ser el resumen de un desfase más que de un encontronazo. Por una parte, el hastío ante “los prejuicios raciales imperantes en las relaciones sociales entre cubanos”, que termina por descartar la discusión al respecto –a fin de cuentas, no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y por la otra, el desconcierto de una publicación que le ha dado un seguimiento continuo a la cuestión del racismo en Cuba y que no acepta que se le reproche (así nomás) el incurrir en lo que ella misma reprueba.
Un desencuentro entendible si nos detenemos en la viñeta: dos turistas chilenas que abrazadas a dos negros, y agarrando sus miembros, se burlan de la “patuda” de Aylwin por meterse en la política cubana; los hombres visten camisetas con sendos letreros: “Yo soy Fidel”, “Che”. La primera lectura que me sugiere la caricatura es la ridiculización del turista que no se da cuenta de que su sola presencia en el país es de por sí un hecho político, aportando su colaboración al mantenimiento del régimen y esto mediante la agravación de sus males como, por ejemplo, la ausencia de libertades políticas y la prostitución. Se puede ir más lejos: los negros jineteros, la simbología revolucionaria ponen de manifiesto esa rara mezcla en que se basa gran parte de la atracción que ejerce la isla: la épica histórica y la fantasía sexual. Aquí los negros encarnan el exotismo fantaseado por el turista occidental en mal de aventuras tórridas –¿quién va a Cuba a buscar rubios?–, al igual que los pulóveres las reliquias de la utopía –en ese pasado fosilizado se apuntala una economía de nicho: el aura de la revolución. Ambos, negros y utopía, encajan pues como materia prima cuya explotación beneficia ante todo al Estado. En última instancia, el “yo soy Fidel” propagado por todo el país no es sino el encubrimiento del “jineteros somos todos” al que un sistema agonizante o (según se mire) en plena mutación ha condenado a la sociedad.
Ahora bien, no hay texto sin contexto y en el caso de Cuba la representación del negro estriba en una constante, la desvalorización. Un recuento de las manifestaciones cotidianas de este hecho agotaría rápido nuestra paciencia, pero basta una frase para resumirlo: tenía que ser... –cualquier cubano la entiende desde que hace uso de razón. Un sobreentendido que acuña la inferioridad congénita del negro –salvo cuando tiene alma de blanco. El racismo en la sociedad cubana (desde la gestación de la nación) se ha traducido en la marginación de los negros y en su presencia sobredimensionada en los estratos más desfavorecidos.
No es éste el lugar para abundar en un análisis de los factores socio-económicos que a lo largo de la historia del país han desembocado en semejante configuración social, apenas señalar que dos de las taras que se le atribuyen tradicionalmente al negro, pereza y delincuencia, consisten en una inversión simbólica de la realidad del barracón –donde la esclavitud reducía al negro a una máquina de trabajo y en la que su desposesión era tal que el único delito posible era darse a la fuga. Otra operación concomitante con la depreciación del negro entraña en arrimarlo a la condición animal: violento y fogoso porque fuerte y membrudo: un precipitado de instintos en el que la civilización apenas calaría como barniz.
El problema con la viñeta de Lauzán es que acude justamente a estereotipos de un racismo atávico –así sea para el desmantelamiento de una paradoja como la del turismo apolítico en Cuba–: ¿qué hay detrás del jinetero sino la figura del vago o del delincuente?, ¿no es el pene contundente del negro la prueba misma de su animalidad? El usufructo de los estereotipos es una característica propia del arte de la caricatura, pero cuando no se cuestiona el material usado la broma se vuelve dudosa –la ironía de quienes se vanaglorian de ser políticamente incorrectos –y no me refiero a Lauzán, no es su caso– es que no son ni políticos (ya que nunca cuestionan las relaciones de poder) ni incorrectos (nada más común que descargarse con los de abajo). Antes sugería que nadie viaja a Cuba buscando rubios, pero una cosa es lo que se busca y otra lo que se encuentra. Y, en sus infinitas modalidades, el jineteo atraviesa la sociedad cubana entera –oficiando Raúl de jinetero mayor y no es, que digamos, de los más oscuritos. En una población tan abigarrada –esto nos llevaría a otra discusión: ¿qué quiere decir negro o blanco en Cuba?– fundir jinetero y negro –o más bien, a lo cubano, negrón– es una ecuación de pésimo gusto: la caricatura termina caricaturizándose a sí misma, es decir se anula y el chiste es puro pujo.
No es de sorprender que la viñeta de Lauzán haya incomodado a algunos lectores de DDC. Y es que su procedimiento se ve abocado al impasse, puesto que, intentando satirizar la realidad de la isla, reproduce acríticamente el imaginario que la nutre y en esto no hace sino acuñarlo.
Y hablo de imaginario porque es algo que nos permea a todos, independientemente de nuestro color de piel. El empleo errático, por parte de Lauzán, de los tópicos respecto al negro no hace de él un racista, pero deja al descubierto ciertos prejuicios difusos en los códigos compartidos a diario por los cubanos. Y por ello es un tema crucial, porque en la inercia misma de esos dichos y bromas supura una profunda injusticia –acabar con ella es uno de los desafíos pendientes de la sociedad cubana.